Más allá no hay monstruos



La princesa Poema [...] iba todas las tardes a las mazmorras reales. Miraba a los prisioneros y les decía:
-No sois monstruos, ¿cómo nadie se da cuenta? No somos monstruos, ¿acaso lo sabéis? No somos peores que el peor de los vuestros, ni el mejor de vosotros lo es más que el mejor de nosotros. ¿Por qué no podemos entendernos? Por favor, ayudadme.
-Deberíamos avisar a la reina -concluyeron los consejeros del rey [...].

-Hija, me han dicho que prestas oídos a las insidias de esos perros rabiosos. ¿Es cierto eso?
-Según. Sólo el hecho de estar en prisión y que sean nuestros prisioneros es lo que te da derecho a considerarlos así.
-Existen pruebas sobradas de que lo son.
-También de que nosotros somos sus carceleros, sus opresores y sus tiranos.
-¿Es que no crees en la justicia?
-La justicia es algo misterioso [...].

La princesa Poema en sus encuentros con los prisioneros había hecho muchos progresos en la lengua de ellos, y ellos también los habían hecho en la de ella. Pero lo más importante es que estaba aprendiendo a comprender, es decir: a recibir los reflejos de los otros y contenerlos e incluirlos en su corazón.
Cada día se esforzaba para llevarles lo que ellos más pudiesen necesitar. Conseguir adivinarlo era su tarea. Los espías podían verla, al atardecer, corriendo hacia las mazmorras con el rostro encendido de alegría y el delantal abultado misteriosamente.
Decididamente, la princesa Poema era una renegada y una traidora.
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Poema en árabe se dice qasida. Casida es el nombre de una princesa musulmana, hija del rey de Toledo, cuya vida transcurrió a mediados del siglo XI. Ella también socorría a los cristianos prisioneros y cuenta la leyenda que, sorprendida por su padre, los alimentos que había recogido en su delantal para ellos se le convirtieron en rosas [...].
La princesa Casida enfermó gravemente y ningún físico de la corte conseguía curarla, y como llegara la fama de cierta laguna milagrosa cerca de Briviesca, su padre no dudó en dejarla ir a tierras enemigas. Una vez allí, Casida despidió a su escolta y se sometió a la acción benéfica de las aguas. Los habitantes de los contornos recibieron con fervor a la princesa musulmana pues, como pudieron comprobar, su presencia ahuyentó a las alimañas, a las heladas, al granizo y a los forajidos que asaltaban a los viajeros. Allí se le edificó un santuario y, todavía hoy, cada 9 de abril, acuden los vecinos en romería para venerarla. La llaman santa Casilda.
Fragmentos de "Más allá no hay monstruos"
Ana Rosetti, Recuento, 2001

Imagen: fotograma de El espíritu de la colmena
(Víctor Erice, 1974)

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Hola Juan Antonio:

He tomado una decisión sobre lo que me decía del post. En cuanto pueda, voy a poner tus respuestas dentro del mismo post, para que esté siempre a la vista. Me parece lo más justo.
Saludos.

Rafael de CriSishoy

Juan Antonio Bermúdez dijo...

Muy bien, Rafael, te lo agradezco.
Un saludo.