Telecaridad

Nada debe estropear la felicidad consumista del ciudadano- telespectador; hasta el desamparo se ha convertido en ocasión de entertainment. A través de la reviviscencia caritativa, la que se afirma es la cultura hedonista de masas, la caridad-business no expresa la rehabilitación de la buena vieja moral sino su disolución posmoralista. Hemos ganado el derecho individualista a vivir sin sufrir el aburrimiento de los sermones, todos los focos sobre el espectáculo de las variedades y los desheredados, risas y lágrimas, hasta la moral debe ser una fiesta.
La caridad se ha convertido en uno de los más grandes, de los más mediáticos espectáculos contemporáneos apoyándose en la lógica de la hazaña: hazaña de la suma recogida, hazaña de la movilización general. "Olimpiada de la beneficencia", "maratón del corazón"; hay algo de competición en estos nuevos shows filantrópicos que vibran a la espera de los récords. [...]
El proceso de erosión de los deberes continúa: mientras los media apelan pariódicamente a los corazones, desculpabilizan las conciencias y trabajan, tal vez subterráneamente, para apartar a los individuos de las obligaciones permanentes de ayuda y beneficencia. El altruismo del posdeber se complace en la distancia: nos hemos vuelto más sensibles a la miseria expuesta en la pequeña pantalla que a la inmediatamente tangible, hay más conmiseración hacia el semejante distante que hacia nuestro prójimo cercano.
Imagen: fotograma de los títulos de crédito de
Plácido (Luis G. Berlanga, 1961)

1 comentario:

mugidor dijo...

erosiones

la pantalla de rayos catódicos
apela al corazón
y el corazón responde

tres puntos de ranking
corredor de fondo

se remueve despacio
la conmiseración

¿cuánto desciende la culpa
en el contenedor
de las consciencias?

lejos
está el vecino
solitario y desamparado
bien lejos
a millas de redención
y bonos de solidaridad

un primer plano
de aberrante miseria
conmueve más que la pena
del que duerme a tres palmos
de tu plácida respiración