El minuto de hielo

Hoy empecé otra vez las clases en la escuela. Qué cosa rara el verbo “enseñar”. En casi todas, pero especialmente en las primeras del curso, hay un tenso minuto previo en el que daría lo que fuese por estar al otro lado del escenario. Algo parecido a la tópica amenaza del folio en blanco, creo. Tiene poco que ver con la forma más o menos crítica en la que uno se plantee la pedagogía. Por más que intentes acercar y confundir los roles del que cobra por “enseñar” y el que está allí (a veces, pagando una pasta gansa) para “aprender”, hay algo preestablecido en el sistema, connatural al hecho mismo de “dar” clase: los alumnos tienen una expectativa, esperan algo de ti. Algo que no se sabe muy bien qué es: un chiste, un dato, una asociación de ideas (mucho mejor esto último, claro). Y lo esperan ya. A las 9:30 de la mañana, a las 18:00 de la tarde. Es inaplazable esa situación. La hora de la clase es esa, como la hora del teatro o la hora del entierro. La función sólo se suspende en casos de fuerza mayor.
Allí están, veintitantas personas a las que acabas de conocer, con la mirada puesta en cada uno de tus gestos, confiadas en que si tú estás “al otro lado” es porque sabes algo que ellos no saben. Tú sabes qué es un fenaquistiscopio y quién era Ferdinand Zecca, y a lo mejor ellos todavía no. Pero desde este “otro lado” se conoce también cuánto de equivocado o relativo hay en esa fe.
No sé si era de Unamuno aquello de “educar es estar lo suficientemente seguro de algo para contárselo a un niño”. No sé si era de Unamuno, pero recuerdo esa frase, solía aparecer en esos calendarios enciclopédicos llenos de citas, recetas de cocina, adivinanzas, hagiografías…
Yo no estoy “lo suficientemente seguro” de casi nada. Los alumnos de mis clases no son niños. Lo pasaremos bien (espero). Como en otros cursos. El hielo de ese minuto se descongela pronto.

Imagen: fenaquistiscopio de 1833

9 comentarios:

Fedosy dijo...

Mucha suerte, hermano, y felicidad.

Salud.

Nobody's boy dijo...

No te olvides de enseñarles a cuestionar lo que les enseñas. Y lo que otros les enseñan. Y lo que aprenden por sí mismos. Y lo que ellos mismos enseñan/enseñarán. No te olvides de enseñarles a preguntarse si tiene sentido lo que hacen o creen que hacen. Y sobre todo, que no se le olvide a usted, maestro, aprender de ellos.

Un abrazo.

Beaumont dijo...

Si consigues a enseñarles ser enseñados, mis felicidades de antemano.

Loruka dijo...

Pucha, que más que desearte suerte en esta excursión en la selva. Resista y sobreviva, señor profesor.

inwit dijo...

Magnífico, maestro, nos ha encantado. ¿Puedo ir al servicio ya?

nimue dijo...

con unos días de retraso, mucha suerte y muchos ánimos! tengo la sensación de que tus alumnos tienen suerte con el profe.
Los míos son adolescentes y me encantan, a pesar de todo. Es de los mejores trabajos que existen.

el contrabandista dijo...

Muchas gracias a todos por los ánimos y las recomendaciones.
(Inwit, para esas cosas no hay que entretenerse en pedir permiso, que luego pasa lo que pasa. Pero estás castigado sin postre. Por pelota ;-) ).

fanshawe dijo...

En cambio para mi la clase es mi elemento... me encanta ese primer momento, ese minuto del que hablas. Seré un poco masoca :-)

Suerte maestro, pero seguro que ni te hace falta.

Juan Antonio Bermúdez dijo...

fanshawe: Yo no estoy seguro de que la clase sea exactamente mi elemento, pero también la disfruto mucho y me lo paso pipa. El famoso minuto es extraño, pero no traumático. Y también me he planteado lo del masoquismo. O es más simple la cosa, el exhibicionismo le puede a la vergüenza. Gracias de todas formas por desearme suerte, siempre viene bien.