Esto no es un villancico


Saravá, A-i-é, Abá.

A Paz d'Aquele, que é
nossa Paz!
A Paz, que o Povo fará!

Saravá, A-i-é, Abá!

A louca Esperança
de ver todo irmão
caindo na dança da vida,
cantando vencida
toda Escravidão!
Vai ser abolida
a paz da Abolição
que agora temos.
E contra a paz cedida,
a Paz conquistada teremos!!!

Saravá,
do novo Quilombo de amanhã.
A-i-é dessa "festa de todos", que virá!

"Missa dos Quilombos" (fragmento)
Letra de Pedro Casaldàliga y Pedro Tierra
Música de Milton Nascimento

Imagen: El obispo Pedro Casaldàliga fotografiado
en su diócesis de São Felix de Araguaia (Brasil)

5 comentarios:

MeKa dijo...

pasé para saludarte... espero que tengas una feliz navidad con los tuyos... un abrazo

Loruka dijo...

Hola! Del texto no entendí mucho, debido a mi nulo conocimiento del portugués (ni siquiera sé decir vocé). Por eso, prefiero cambiar de objetivo -pero no de tema- y desear una muy feliz navidad. Sé que la fórmula está gastada por el manoseo, pero los deseos son frescos y sinceros.

Parabienes y cariños surtidos

K. Whitmore dijo...

Me acordé de tí esta mañana oyendo a Krahe, "En la costa suiza".
Sé bueno.

juan antonio dijo...

De este texto, me gusta sobre todo la parte en la que dice algo así como “Va a ser abolida la paz de la Abolición que ahora tenemos. Y, contra la paz cedida, tendremos la paz conquistada”. Me parece una forma muy hermosa de darle la vuelta a la idea de la paz como una concesión (“danos la paz”, “concédenos la paz”, dicen las oraciones católicas), como un favor que hipoteca a menudo a la justicia.
La cosa crece en intensidad si se tiene en cuenta que el fragmento pertenece a la “Missa dos Quilombos”, una misa pero también un texto y un espectáculo teatral, poético y musical, una ceremonia de reivindicación de la dignidad y la esperanza de la “negritud” (“los negros de África, los afros de América, los negros del mundo, en alianza con todos los pobres de la tierra” dice el libreto).

Casaldáliga, Ernesto Cardenal, Leonardo Boff, los teólogos de la liberación, llevan décadas ninguneados, desplazados, maltratados (algunas veces hasta el asesinato: Romero, Ellacuría…) por papas y otros señores feudales, militares, paramilitares, gobiernos, mafias (locales y transnacionales), profetas de la ortodoxia y profetas de la desideologización.
Ellos, cuando hablan, sonríen; siguen sonriendo, tranquilos. Su discurso sigue vivo, sobrevive, creo que podría sobrevivir incluso a la idea de cualquier divinidad. Porque corresponde a algo más sagrado; corresponde, por decirlo con palabras de Félix Grande, a ese “sueño de amistad popular que cruza solitario / como un viejo vehículo del mar por el mar de la historia”.

Perdón, me doy cuenta de que me he puesto insoportablemente solemne. A los navideños: feliz navidad. A los menos navideños: ánimo, que, como diría un amigo gaditano, ya queda menos para el carnaval.

A Meka, Loruka, K. Whitmore y todos los que pasáis por aquí, un abrazo (sin desgastar, de estrena, nuevecito nuevecito, recién sacado del saco de abrazos que dejó por aquí el viejo pascuero).

Loruka dijo...

Es extraño eso de cambiar paz por justicia. Acá en Chile, por ejemplo, en la década de los `90 estuvimos marcados por la disyuntiva entre la verdad y la paz v/s la justicia. En 1991, tras una investigación y recolección de testimonios, apareció el informe Rettig, que daba cuenta de los detenidos desaparecidos de la dictadura de Pinochet. A los deudos –sólo a quienes pudieron certificar los casos para incluirlos en el documento- se les dio compensaciones económicas, pero las causas –salvo algunas emblemáticas- no tuvieron mayor éxito en los tribunales. Por esos años, el presidente Aylwin (DC que fue contrario a la UP, apoyó el golpe y luego fue oposición, consiguiendo blanquearse) hablaba de “justicia en la medida de lo posible”.

En 1998, Pinochet –por una idea idiota- viajó a Londres y quedó detenido. Regresó a Chile el 2000, semanas antes de que el Presidente Lagos asumiera. Y ahí recién las cosas cambiaron un poco, porque el dictador fue juzgado. El año pasado vino el informe Valech, donde se reconoce como víctimas a quienes sufrieron –o pudieron acreditar- prisión política y torturas.

Sin duda hoy las cosas son mucho mejores que hace una década. Pero los familiares de los desaparecidos –con la no justicia- han sido quienes han tenido que pagar el costo. Ahora, todo es tan civilizado, que me da susto pensar por qué todo se dio con tanta calma. Y, sobre todo, por la hora en que Antígona se despierte a hacer su trabajo. (Yo también me puse solemne, parece)