Celebración de la fantasía

Fue a la entrada del pueblo de Ollantaytambo, cerca del Cuzco. Yo me había despedido de un grupo de turistas y estaba solo, mirando de lejos las ruinas de piedra, cuando un niño del lugar, enclenque, haraposo, se acercó a pedirme que le regalara una lapicera. No podía darle la lapicera que tenía, por que la estaba usando en no sé que aburridas anotaciones, pero le ofrecí dibujarle un cerdito en la mano.
Súbitamente, se corrió la voz. De buenas a primeras me encontré rodeado de un enjambre de niños que exigían, a grito pelado, que yo les dibujara bichos en sus manitos cuarteadas de mugre y frío, pieles de cuero quemado: había quien quería un cóndor y quién una serpiente, otros preferían loritos o lechuzas y no faltaba los que pedían un fantasma o un dragón.

Y entonces, en medio de aquel alboroto, un desamparadito que no alzaba mas de un metro del suelo me mostró un reloj dibujado con tinta negra en su muñeca:
-Me lo mandó un tío mío que vive en Lima -dijo.
-Y anda bien -le pregunté.
-Atrasa un poco -reconoció.

5 comentarios:

fanshawe dijo...

Amigo mío... a veces me haces estas cosas, en el rinconcillo que has abierto aquí. He leido en el lector de feeds la primera frase del texto y he sentido erizarme el vello de los brazos por la emoción... hace aproximadamente diez años (¡diez años ya!) aparecí por esa vieja facultad que ambos conocemos bien con ganas de comerme el mundo, emocionado de empezar la universidad.

Esperábamos en clase a que viniera el peor hueso posible, decían, Elena Barroso, para la optativa de Literatura y Comunicación. Elena llegó, saludó y nos repartió tres fotocopias, empezando por esta que reproduces aquí, "Celebración de la fantasía". Quería explicarnos las reglas del juego en literatura. Cuando terminamos de leerlo en voz alta (creo que yo mismo fui el encargado) ella lanzó la pregunta: "¿El niño miente? ¿Y Galeano?". Y con esa pregunta empezó una discusión que duró cuatro meses entre nosotros y ella, posiblemente de los pocos cursos en los que aprendí de verdad.

Pero lo realmente importante es que cuando escuché este abrazo, me di cuenta de que me había enamorado de Galeano, amor que no ha hecho más que crecer en estos diez años, donde utilizo sus textos para mi blog, para mis amigos, para mis clases de español, para cada momento de mi vida. Y todo comenzó con ese reloj dibujado en una muñeca...

Gracias Juan Antonio. Gracias amigo.

¿realmente importa? dijo...

Pues yo también lo agradezco. A veces hace falta acordarse de esos abrazos que Galeano da en su libro y tú das en persona. Se me habían olvidado un poquito y me alegro de que los hagas volver, de alguna manera, a la memoria. Gracias!

Idgie W. McGregor dijo...

Podría copiar punto por punto todo lo que acaba de decir Fanshawe. También a mí me ha recorrido un pequeño escalofrío al leer la primera línea. También yo me enamoré de Galeano con este cuento y gracias a Elena Barroso, en una de sus primeras clases. Y ese año no paré hasta encontrar el libro, cosa que, no sé por qué motivo, no me resultó nada fácil.
Gracias a los dos por todos estos recuerdos.

Juan Antonio Bermúdez dijo...

En mi caso, descubrí a Galeano también en la facultad, en primero de carrera, pero no gracias a una profesora sino a una amiga que me prestó "Las venas abiertas de América Latina" y luego "El libro de los abrazos".
De este último libro, en el que cada palabra me emociona tanto como a vosotros, creo, quizá lo que más me gusta está al principio y no lo ha escrito ni siquiera Galeano, solo lo recoge como cita:
"Recordar: del latín re-cordis, volver a pasar por el corazón".

Un abrazo a los tres.

Pablo dijo...

Yo estoy en segundo de Periodismo y también tuve a Elena Barroso, sin duda, una de las mejores profesoras que he tenido nunca y curiosamente empezó el curso también con el relato que dispones. Que buenos momentos aquellos, echo de menos sus clases.